Mi viaje a Cancún fue una de esas experiencias que te cambian el ánimo desde el primer momento.
Apenas el avión comenzó a descender, el mar turquesa y la arena blanca me dieron la bienvenida.
El primer día lo dediqué a disfrutar la Playa Delfines, donde el sonido de las olas parecía borrar cualquier preocupación.
El agua era tan transparente que podía ver los peces nadando entre mis pies.
Con una piña colada en mano, el tiempo simplemente dejó de existir.
Al día siguiente, tomé una lancha rumbo a Isla Mujeres, un paraíso pequeño y encantador.
Hice snorkel en el Museo Subacuático de Arte, rodeada de esculturas cubiertas de vida marina.
Cada escultura contaba una historia silenciosa bajo el agua.
Más tarde, visité Chichén Itzá, y quedé impresionada frente a la grandeza de la cultura maya.
El calor era intenso, pero la emoción lo compensaba todo.
De regreso, me perdí entre los sabores locales: tacos de pescado y agua de coco.
La Zona Hotelera estaba llena de música, risas y luces que nunca dormían.
Cada atardecer pintaba el cielo con tonos naranjas y rosados imposibles de olvidar.
Caminando por la orilla, entendí por qué Cancún enamora a todos los viajeros.
La mezcla entre naturaleza, historia y diversión es simplemente perfecta.
Me sentí libre, ligera y llena de energía.
El mar parecía hablar en cada ola, contándome secretos del Caribe.
En Cancún, cada día comienza con una sonrisa y termina con un suspiro.
Fue un viaje de sol, aventura y alma.
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